Mostrando entradas con la etiqueta Mi rincón de escritora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mi rincón de escritora. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de noviembre de 2009

La vida de Manuela



La vida de Manuela se deslizaba sobre una senda trillada por varias generaciones de mujeres; con pocas bifurcaciones y muchos importantes dilemas para dejar atrás el lastre de su herencia.

Era hija única entre varones, en años de posguerra en los que las mujeres fueron sacrificadas al servicio de los hombres. Manuela aprendió a coser, bordar, cocinar… a regañadientes. Presentía que nunca haría uso de aquellas habilidades femeninas, en contra de lo que pensaba su madre y las vecinas y amigas. ”Lo que importa es encontrar un buen marido”, insistían.

Un día se encontró en la calle a una antigua amiga del colegio que trabajaba de maestra. Ella le habló de independencia, de viajes, de amigos… En definitiva, de toma de decisiones y determinación.
A Manuela le pareció que sus manos ya habían contribuido bastante a la tribu, y que era el momento de ocuparse del cerebro en el desarrollo personal. Por fin se abría una bifurcación en el insulso camino de su adolescencia. Y se hizo maestra.
Cuando ese camino llegó al final, saltó hacia otras latitudes donde circulaban los vientos de la modernidad y se encontró con hermanos y hermanas que no eran de sangre pero sí de mente.
Manuela aprendió a decidir quiénes serían sus amigos, que una mujer tenía el derecho a satisfacer su goce sexual, a manejarse sola sin la tutela del varón, a perder el miedo a tomar decisiones… Y la senda de su vida se convirtió en ancha, verde, de paisaje siempre cambiante y misterioso.
Aunque en su camino había luces y sombras, nunca le impidieron ver el bosque; pero a veces lamenta haberse acomodado demasiado y estar inmersa en la autocomplacencia.

Manuela se está haciendo vieja y sueña con aquella otra Manuela en cuya vida hubo un tiempo de pureza y de virginidad para contemplar el mundo. Como sus fuerzas la están abandonando, ahora encuentra en los libros las rutas trazadas y vividas por los que la precedieron..., así que puede viajar del presente al pasado…; y en seguida ya es futuro… y sueña con todas las manuelas que ha sido: irrepetibles y únicas, y se gusta también ahora y por eso os lo está diciendo para que os améis, mujeres, más allá de modas y artificios, más allá de calendarios y carnés de identidad.
¿Os animáis a buscar a Manuela?

Este relato no llegó a ser finalista en el certamen Radio Almenara


jueves, 5 de noviembre de 2009

Un amor embriagador

Querido amor mío:

Me veo obligado a dejarte. Ya no puedo soportar tus infidelidades. ¡Eres una vulgar ramera!
Yo te quería, es más, aún te quiero; pero te quería solo para mí, llegar el primero hasta tu boca sintiendo el primer sorbo de tu fragancia y apurar hasta la última gota del embriagador jugo de tu cuerpo. ¡Cómo ansiaba el fin de semana! Deseaba ver tu esbelto cuerpo de piel nacarada, tenerte en mis manos, y tocar tu piel suave casi transparente, palpar tus curvas sensuales hasta llegar al cuello, posar mis labios sobre tu boca y recibir el néctar que me embriagaba y enajenaba. Si me gustas por fuera, aún me gustan más tus adentros, te parieron para darme alegría y arrojo. Cuando te conocí lograste que me olvidara de la rutina de mi vida.
Aún recuerdo el primer encuentro. Yo era aún muy joven cuando nos presentaron. Al principio no me gustaste demasiado; eras fría, callada y algo desagradable, pero las alabanzas de mis amigos me incitaron a conocerte mejor.
Poco a poco esperaba con anhelo el día en que nos volvíamos a encontrar en el puerto. Al principio te compartía con mis colegas, era muy excitante. Después te amaba en solitario. Iba a buscarte al salir del trabajo para ir a la cita del viernes. Me gustaba verte con tu vestido nuevo, cada día de un color: opalino, rosado, rojizo, blanco…, yo te ceñía la cintura y te aplastaba contra mi pecho. Te hiciste cada vez más necesaria en mi vida, me acostumbré a ti y me molestaba compartirte con otros. No podía soportar ver cómo te manoseaban mis groseros e infieles amigos, como babeaban sobre tu boca y te ensuciaban el vestido, para luego dejarte exhausta y abandonada en cualquier rincón del sucio suelo y correr a otra boca en las que satisfacer su grosera sed de vicio.
No sé cómo decirte que se acabó nuestro amor, porque creo que te gustaba el mimo con los que iniciábamos nuestra relación, la delicadeza con que te despojaba de tus vestidos, el calor de mis labios que arrancaban el frío de los tuyos, la forma en que te acariciaban mis manos…Quizás sufras con mi abandono pero las autoridades municipales han facilitado mi decisión: hoy, por decreto, será el ultimo día del botellón. Ya no habrá más reuniones en el puerto. A partir de ahora seguiremos nuestro camino en solitario.
¡Que tengas suerte, mi infiel y amada botella!

lunes, 26 de octubre de 2009

Nacido para el mar















Era un domingo de final de verano. Me relajaba bajo el oasis de palmeras de la playa. En mis manos sostenía un libro que se empeñaba en que fijara mis ojos en él, pero estos andaban vagando a mi alrededor.

El sol me lanzaba guiños tras las palmas, el frescor de la hierba cosquilleaba mis pies, (¡qué cosas, césped a la orilla del mar!), niños que se empeñaban en construir castillos de arena demasiado cerca de la marea, otros pretendían llenar con su cubito improvisados océanos y corrían hasta la orilla trasegando agua hasta quedar decepcionados y abandonar su tarea desalentados por aquel agujero que parecía no tener fondo; algunos jóvenes se dejaban acariciar por los ardorosos rayos como amantes complacidos…, tantas sensaciones había a mi alrededor que guardé el libro en mi bolsa playera y me acerqué a la orilla. Demasiado fría. Decidí pasar de bañarme.

Entonces vi que se deslizaba un hombre joven en una silla de ruedas por la hierba del oasis. Estaba solo. Dejó a un lado las muletas y procedió a quitarse la camiseta. Su torso era robusto y velludo, sus hombros anchos y sus brazos musculosos y fuertes. Luego se bajó los pantalones y aparecieron dos piernas sin forma, delgadas y blandas, como si no las sustentara ningún hueso. Me pareció un hombre con dos mitades de cuerpos distintos, como si se los hubieran unido artificialmente. Después, con dificultad, se alzó de la silla y se apoyó en las muletas hasta que se acabó la hierba. Allí las abandonó y reptó por la ardorosa arena dejando un sendero hasta el mar.

Yo tenía curiosidad por ver cómo se las arreglaría en el agua. Para mi sorpresa, en cuanto se adentró en el mar su cuerpo se hizo ágil y sus brazos poderosos le llevaban atravesando las corrientes frescas y amigables, compasivas y salutíferas. Le vi sonreír por primera vez, sin duda se sentía liberado de sus extremidades, inútiles para la tierra pero ligeras para el líquido salino que las sustentaba. El joven seguía adentrándose como un bañista más dejándose acunar por el único elemento para el que, quizás, este hombre había nacido.

Mis ojos dejaron de verlo perdiéndose en el infinito. Quién sabe si allí en el horizonte le esperaba una sirena en el reino sumergido del silencio.

Cuando regresé al oasis ya se había borrado el sendero trazado en la arena.


miércoles, 14 de octubre de 2009

Publicado hoy en el diario Jaén

www.diariojaen.es

La jiennense María Dolores Buendía presenta su primer libro


Diana Sánchez /Jaén

Con la experiencia de haber recorrido la provincia de Jaén durante años, María Dolores Buendía recrea una historia sobre un pareja que decide volver a sus raíces en la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas en su libro Los valles olvidados. Una novela de viaje y metáforas que presentará el 20 de octubre.

Aunque su lugar de trabajo son las aulas, María Dolores Buendía deja volar su imaginación ante la pantalla del ordenador para volver a su tierra. Y es que antes de aterrizar al corazón de la costa del Sol, en Benalmádena, la docente recorrió la provincia del olivar de clase en clase, mientras se empapaba del paisaje y de las costumbres de las zonas rurales. Un bagaje que le ayudó para escribir Los valles olvidados. “En la historia hago alusión a Jaén, donde se desarrolla gran parte de la acción, sin embargo, tengo que matizar que es ficción. Aunque es cierto que hay ciertas experiencias que dejan poso”, dice.
En concreto su primera gran obra, catalogada por los críticos como una novela de viaje y metáforas, no se ciñe a una estructura clásica, de manera que la autora se centra en la historia de una pareja de maestros, que les sirve como hilo conductor para ahondar en las escuelas rurales de principios de los años 80. “Son zonas en las que, a pesar de que ya estaba instaurada la Democracia, vivían como en el franquismo”, comenta Buendía, quien insiste en la variedad de la narración, cargada de historias tiernas o trágicas, pero, sobre todo, humanas. En cualquier caso, la profesora recuerda los problemas culturales que surgieron durante la llegada de extranjeros procedentes de distintos puntos de España y centroeuropa. “Hubo un contraste entre la tradición y la modernidad en varios aspectos como el sentido ecológico, el amor o el sexo. Y no sólo para los autóctonos, sino también para los que llegaban”.
El libro, publicado gracias al accésit que obtuvo en el XVIII Premio para Escritores Noveles de la Diputación Provincial, será presentado por la propia autora el próximo 20 de octubre.

miércoles, 1 de julio de 2009

Los valles olvidados " En casa"

Mi novela ya la tengo en casa. Es extraño tener el libro en las manos; siento una mezcla de sensaciones, incluso contradictorias: paso de la emoción y el orgullo de lo que siento como una creación mía, al alejamiento y extrañeza de que ya no me pertenece, que ya es de los lectores, que además me van a juzgar. No me preocupan demasiado las críticas, pero si alguien se anima a opinar las aceptaré con gusto. Escribí esta libro para recuperar parte de la memoria de una época. Mi andadura como maestra por las zonas rurales de la provincia de Jaén, me han dado a conocer personajes y lugares que han vivido alejados de las ciudades, con una manera de ser y de vivir distinta, desconocidos por la mayoría de los que siempre han vivido en núcleos urbanos.

Os invito a leer un capítulo donde aparece uno de esos personajes.


María

María tiene el cuerpo maduro y la mente de ángel inocente; está llena de un misterio descosido de la realidad, porque vive alejada del mundo y hasta de sí misma, enfrascada en la atención que le procuran los otros seres naturales y que le roban casi todo su tiempo y energías.

María nació con una gracia que le permitía comprender y sentir los amores y penas de los animales, las plantas y hasta de las piedras y de las estrellas, que para ella eran de la misma naturaleza que las de los demás seres del mundo.

Es la hija mayor de Anselmo, el pastor, y la que se levanta más temprano para ir a la fuente de la Canaleja a por un cántaro de agua para que su padre se lave, después sigue con sus tareas: dar careo a las gallinas para que picoteen algún gusano incauto, arrimar una piña al rescoldo para avivar el fuego, lavar la ropa en el pilón…, y así hasta la caída del sol. A esa hora desamarraba a las dos marranas que hociqueaban bajo las encinas y les daba suelta cuando percibía que ansiaban un macho. Anselmo había sido el gran descubridor de las leyes de la genética, desconocidas para los pastores y para él mismo en aquellos serratos, y se jactaba de que si una marrana blanca se cruzaba con un jabalí daría unas crías que valdrían más y sus jamones tendrían mejor sabor.

María, siguiendo su instinto, guiaba a sus hembras hacia los caminos donde las marcas de los árboles habían dejado una carta de presentación de uno de estos machos ásperos y salvajes, y podía oler su piel erizada e impregnada de ansiosa lujuria. Los jabalíes, que merodeaban emboscados, se dejaban engañar por estas hembras groseras y perezosas que aprovechaban la oscuridad y la ofuscación de sus congéneres evolucionados para que las dejaran preñadas. Luego, confirmando el saber del pastor, los lugareños asistían al nacimiento de unas crías híbridas con rayones en la espalda del color de algunos melones.

María realizaba estas y otras tareas sin rechistar, sin descomponer su cara dulcísima, porque su alma seguía intacta, sin desgastarse en arrebatos, pasos adelante y pasos que desandar. Su mente sin embargo era viajera y solía divagar hacia el territorio de los sueños. Permanecía absorta contemplando las estrellas, el deshilachado de las nubes o los aleteos de los gorriones en los olivos del camino.

Al termino del día, se dirigía a las orillas del pantano a dar de comer a las truchas. Iba desmigando un pedazo de pan y arrojándolo al agua para obligar a los peces a bailar para ella en las curvilíneas pistas que se formaban en el diamantino espejo. Miles de insectos se aferraban en los tallos de los juncos de la ribera y María percibía a los funámbulos absorbiendo las gotitas con las que nutrían sus cuerpos. Sabía cuándo una yegua había tenido trato con el caballo porque sentía blandos y calientes los ollares del animal y no se resistían al bocado. Era capaz de adivinar el palpitar de la nueva vida nada más palpar su panza y escuchar el gemido de las semillas en el instante en que se desmembraban para engendrar otro ser vegetal. Todo esto y mucho más era el patrimonio con el que había nacido la hija mayor de Anselmo, pero tan ignorado por él que nunca comprendió por qué la joven se marchó un día de la casa.

Con qué o quién soñaba la joven enajenada nadie lo sabía. Ella no conocía el amor de la carne de un hombre, pero en sus sueños siempre se hacía presente Ángel, el pastor del otro lado de la huerta de la Canaleja. María veía elevarse el humo de la chimenea de la casa del joven y adivinaba que sus hermanas le estaban preparando el almuerzo mañanero, y le llegaban oleadas a jara y romero, ese olor que emanaba de las ropas del muchacho y del que no pudo librarse desde que bailó con él en la fiesta de San Juan.

Que después no se vieran más, a pesar de la cercanía, era una ley cazurra de desavenencias entre los padres de ambos por una cuestión de lindes. Cuando María y Ángel se volvieron a encontrar en el siguiente solsticio, éste ya había entregado su cuerpo y su alma a Jana, la extranjera de cabellos color de paja como la que se agavillaba en la era.

Un día María desapareció carretera adelante siguiendo la Vía Láctea hasta que roló al Noreste. Le habían dicho en el mercado que en aquellas tierras ofrecían oportunidades a la medida de sus sueños. Tomó un autobús en el pueblo y viajó toda una jornada hasta que el vehículo se detuvo y vomitó a los viajeros.

El rastro de María se perdió durante las cuatro estaciones siguientes. En la primavera del año de la gran sequía, María volvió a casa de sus padres: enferma de alma, perdida la inocencia y perdido el don misterioso de comprender y compartir el pulso de la creación con el que había sido alumbrada.

viernes, 10 de abril de 2009

Jueves Santo en Málaga (Fragmento)









…Escribo con el alma aún repleta de sensaciones y emociones habidas en la Semana Santa de Málaga. Estoy embriagada de noche de Jueves Santo: Calle Carretería, principal tráfico de carretas de acceso a la ciudad, de ahí su nombre, donde el río de los rumores de las gentes se detiene en la “Tribuna de los pobres” , una amplia escalinata de peldaños curvos que comienza a llenarse desde primera hora de la mañana, ⎯el pueblo crea su alternativa para ver los desfiles procesionales⎯ y hay quien dice que hasta los legionarios desfilan con su mejor marcialidad por esta calle; dos maneras de vivir las procesiones: la oficialista, organizada y orquestada, cada vez más, para la propaganda turística, y la del pueblo, como la vivían los abuelos y los bisa, y los tatarabuelos.
Mis amigos Mariví y Jesús , junto a su entrañable familia, la de Trini, nos están esperando con las sillas preparadas en la acera, en primera línea. Son las siete de la tarde, las colocaron a mediodía siguiendo un ritual de hace años. Ambas aceras están llenas de sillas, bancos y hasta sofás, el hogar en la calle. La calzada abarrotada de gente que sube y baja, come, bebe y aguarda. Enormes limones que atesoran el sol en su piel, aderezados con sal, son productos típicos de estos días y se exhiben en diversos puestos callejeros. Los niños preparan grandes bolas de papel de aluminio para la cera de los nazarenos. Todo el mundo porta bolsas de comida y bebidas. La espera es larga y comenzamos a comer.

Hacia las diez de la noche, los tambores, el olor de los cirios y la prisa de las gentes por buscar un preciado rincón donde asomarse al desfile, nos avisan de que la procesión del Cristo de la Buena Muerte y de Ánimas va a pasar. Unos limpiadores pasan recogiendo las basuras que la gente ha tirado a la calzada. La algarabía se eleva hasta el cielo, que hoy está de un despejado obediente a las plegarias. No me parece que haya espíritu de recogimiento en el ambiente. Cuando el Cristo desfila ante nosotros, el gentío lo reviste de dimensión humana (Jesús está sufriendo como los hombres), pero son los legionarios que lo custodian, los que entusiasman a la gente. El pueblo malagueño necesita las imágenes y todo el barroquismo que sus procesiones ponen en escena. Las procesiones son espectáculos a cielo abierto que vive toda la población, y cuyo centro es la imagen escultórica. El pueblo se encarga de la escenografía a través de símbolos: cruces, estandartes, mantos, tronos bruñidos de oro, recargados de flores, candelabros, luces, angelitos, velones, nazarenos, legionarios, bandas de música, el incienso compitiendo con el azahar, el sentimiento de una saeta...teatralidad que haga posible la catarsis de las gentes; que otra vez más una a las personas en una sola identidad, aunque sólo sea aparente.

Termina la procesión, la noche no ha hecho más que empezar. Las calles son una fiesta. Atajamos por callejones tortuosos con la luna lamiendo la blancura de fachadas y balcones. En un rótulo: Sta. Lucía, casas abandonadas...desembocamos en la Plaza de la Constitución, aquí estaría “el Café de la loba”, el Imperial, el España, el Munich. Hoy, el Café Central, frente a la Tribuna, no cerrará hasta que los malagueños hayamos tomado los últimos churros, y el chocolate caliente haya caldeado y estimulado nuestros cuerpos para seguir callejeando y disfrutando la noche malagueña. Porque no hay tristeza en este Jueves Santo. Gentes por todas partes, sentadas en terrazas y bares, comiendo y bebiendo. Algunos vagando de acá para allá...

Y viene a mi memoria un texto de uno de los viajeros románticos que en el S. XIX visitaron Málaga:

(...) Cantares lejanos alegraban la oscuridad, y el gemido de las guitarras subía de todas partes en esta ciudad despierta para la diversión y aletargada para los negocios. Los acordes de los instrumentos llegaban hasta mí como suspiros de amor, y los armónicos rasgueos de las cuerdas complacían el pensamiento más que el oído. De tal modo la noche embellece estas tierras, que en el sur de España cada velada es una fiesta. (Astolphe Custine, 1839).

(Publicado por Lola Buendía en La revista “Calle del agua”)

domingo, 8 de marzo de 2009

Mi recuerdo a las víctimas del 11M

El paraguas

Se me podría considerar un paraguas corriente, de los que se compran en el "todo a cien" para salir del aguacero de una lluvia imprevista. Sobre mi cuerpo, vestido de negra tela satinada, el agua resbala dulcemente. Ocho varillas metálicas forman mi cóncavo esqueleto, sosteniéndome desde un bastón metalizado que acaba en un puño curvo de plástico, imitación a madera. Para facilitar mi apertura, mis usuarios disponen de un práctico resorte automático junto a la empuñadura.

He viajado desde Taiwán, apretujado en un contenedor junto a otros miles de paraguas iguales; hasta llegar al recibidor de este céntrico piso de Madrid, donde comparto paragüero con otros de colores muy vistosos: uno verde ácido, con puño de carey; otro rojo anunciando coca-cola; dos de cuadros escoceses con empuñadura plateada; una preciosa sombrilla de seda rosa, con una borla de flecos, que la señora trajo de su viaje a China; y por último, un bastón con incrustaciones de marfil para el más anciano de la casa.

Me llaman el paraguas negro. Rara vez me sacan a la calle, salvo el viejo señor, a quien le gusto porque soy discreto y grande, adecuado para su edad. La mayoría de días permanezco recogido en pliegues amarrados por una cinta con adhesivo; pero las mañanas de lluvia se arma un fuerte alboroto alrededor del paragüero. Siento un fuerte manoteo rozándome la esperanza, una y otra vez. Incluso llegan a cogerme del puño e izan la embocadura de los pliegues hasta el borde de mi habitáculo. Finalmente las manos acaban por desprenderse de mi empuñadura para dejarme caer con un golpe seco, acompañado de una exclamación de impaciencia. Cuando la casa queda en silencio, escucho con nitidez la lluvia repicando en el alfeizar de la ventana del pasillo. Así comienzan mis meditaciones de paraguas relegado al olvido.

Aún siento en el recuerdo cómo se estiraban mis entumecidos pliegues la última vez que el señor me llevó consigo a un café de la acera de Recoletos. Caía una lluvia mansa sobre mi encorvado manto. Notaba hidratarse hasta la última fibra de mi trama, adoraba el encanto de las calles mojadas, el goteo de los tejados sobre las marquesinas que servían de resguardo a los transeúntes poco previsores. Entonces percibía cómo me miraban con envidia, deseosos de tenerme para continuar sus ajetreadas tareas. Desde mi altura, podía ver la magia de los árboles abrillantados por el agua, el reflejo del arco iris en el asfalto... y, sobre todo, recrearme en el decorado que mis otros colegas ofrecían en torno a calles y plazas; admiraba el sublime ballet espontáneo que se adueñaba de la ciudad: abriéndolos, cerrándolos, girándolos como peonzas sobre el acerado, temblando ligeramente bajo los arrullos de los enamorados, o la espléndida policromía de los que se inclinaban de un lado a otro aguardando el autobús. Yo me consideraba un paraguas vulgar, pero sabía apreciar la belleza.

Lo más emocionante era entrar en el Café, limpio y brillante, como recién estrenado; que el señor me depositara en aquel paragüero de cerámica tan concurrido, donde me encontraba con viejos conocidos; y aguardar, con el corazón en el puño, la llegada de un coqueto y femenino paraguas con quien fantasear. En ocasiones, había tenido que conformarme con el suave roce y la fragancia que las sedas femeninas emanaban. En asuntos amorosos siempre llevaba las de perder, me veían demasiado serio y tristón. Pero la vuelta a casa me devolvía relevancia en la jerarquía del paragüero; ahora tenía cosas que contar.

Mi oportunidad de ser un paraguas importante iba a llegar en un día muy triste para Madrid: el 11 de Marzo. Ya desde muy temprano la familia andaba muy agitada. Las ondas lanzaban noticias terribles y dramáticas: una masacre había ocurrido en un tren de cercanías y en algunas de sus estaciones. Se barajaba la hipótesis de un acto terrorista y los muertos y heridos se amontonaban en los andenes. Ese día llovía intensamente, como si la lluvia se hubiera solidarizado con las lágrimas de la gente. Por la tarde se convocó una manifestación que recorrería el centro de la ciudad en protesta por aquella salvajada. En la casa se preparaban para acudir a la marcha. Todos los paraguas eran necesarios, y yo salí de nuevo a las calles. Miles y miles de paraguas, todos negros, se iban reuniendo para formar una gran cúpula que cobijaba el asombro, la rabia, el dolor, la solidaridad de gentes unidas por una misma causa: la evidencia de la sinrazón.

De repente, mi anciano señor, que era, al parecer, un personaje importante, me depositó abierto en el suelo y, con un spray de color blanco, escribió sobre mi traje enlutado, con grandes letras: ¡BASTA YA! Después nos pusimos en cabeza de la manifestación y fui el protagonista de la resistencia, que sin proponerlo nadie, se estaba gestando en ese aciago día. Miles de paraguas, convertidos en afiches, prestamos el decorado a la esperanza de una lluviosa ciudad, que lloraba la memoria de 192 muertos y 1.500 heridos víctimas del terror.



sábado, 7 de marzo de 2009

Lo que aprendí de los alemanes(relato del sábado)



Me acuerdo de...


Comer salchichas hoy en día se considera comida basura, pero la primera vez que las probé en la feria de octubre era yo una niña. Recuerdo que sabían a embutido ahumado y se servían aderezadas con dos salsas, de mostaza y ketchup. Me gustaban muchísimo– qué diferencia de las lentejas y cocidos de casa–, aunque no creáis que entonces te dejaban las preciosas botellas de plástico rojas y amarillas para que te sirvieras a placer…¡ qué va! El que las dosificaba era un señor vestido con delantal blanco y un gorro alto en forma de cilindro de igual color. Se formaba una larga cola en la que aguardabámos nuestro turno mi hermano y yo. Mientras, las salchichas hervían en un recipiente, los dorados y tiernos bollitos eran taladrados a lo largo en unos tubos metálicos; finalmente, se les introducía la salchicha y se les untaba con las salsas: parecían la bandera española. Yo saboreaba un perrito caliente cada vez que iba al ferial – esto es, dos o como mucho tres en cada feria–; el precio no daba para más.
Después de la degustación, nos quedábamos un ratito más junto al puesto envidiando a los afortunados que se deleitaban con el suyo, y conformándonos con los olores que exhalaba el pebetero. A mí me parecía que esa forma de comer de los alemanes era la entrada en la modernidad; y entonces me imaginaba que los niños allí serían felices comiendo perritos calientes a todas horas.

Alemania… ¡qué poco sabía de este pais! Lo poco que conocía lo había visto en las películas de guerra. Solía acudir al cine con mis padres y mis hermanos a la sesión continua. Recuerdo aquellos militares uniformados de gris, con un águila en la gorra, dando taconazos con unas botas altas y relucientes…que casi siempre estaban de mala leche, y que daban las órdenes gritando. Lo que no me explicaba era cómo hablaban en alemán y a la vez en el idioma de los enemigos; aquello me parecía una tontería. Al final ¡qué alivio! cuando recibíamos a los americanos con un griterío en el que no nos enterábamos de nada, pero que con sólo ver las caras de los soldados, tan jóvenes y tan sonrientes, como si no estuvieran en guerra…, ya nos dábamos por satisfechos.
Ya digo que las salchichas fueron la segunda cosa que conocí de los alemanes.




sábado, 28 de febrero de 2009

El templo con nombre de pecadora (Relato premiado)


La magdalena por Tiziano




De vez en cuando, tras las confesiones, don Lorenzo, el párroco de la Iglesia que tiene nombre de pecadora bíblica, doblaba la estola, cerraba los postigos del habitáculo sagrado, hacía una genuflexión ante el altar mayor y salía del templo. Atravesaba la plaza cuando la luz del atardecer se desprendía de las paredes, balanceando los pliegues de su sotana; tanteaba la hilera de botones que recorría su esqueleto, allí donde se abotonaban los deseos, se aflojaba el alzacuellos de color blanco que resaltaba el rojizo de su piel y se internaba presuroso por las tortuosas calles del barrio alto.
El barrio donde se emplazaba el templo, y del que recibía el nombre, lo formaban humildes casas de cal y teja con algunos geranios en los balcones. Sus calles estrechas, de cantos rodados, impedían el paso a los coches, por lo que el ir y venir de las beatas hacia la iglesia suponía un entretenimiento de sobremesa excelente para las vecinas que fisgoneaban tras los visillos. Iban con velo de encaje negro las señoras, y de pañolón tupido, las de la prole, camino hacia la misa de la tarde.
Con los primeros tañidos de la vieja campana, que llamaba a misa, se alertaba el vecindario mujeriego. Un firme taconeo de zapatos repiqueteaba sobre el adoquinado de la calle que desembocaba en la plaza; primero como castañuelas, después como el redoble de un tambor. Don Lorenzo avanzaba ágil y sonriente, imprimiendo a su sotana un baile de pliegues tersos y susurrantes. Un reguero de suspiros le acompañaba hasta que se lo tragaba el portón parroquial.
Nada más pisar la sacristía, un par de monaguillos con faldillas encarnadas le besaban la mano con respeto y se disponían a vestirle. El habitáculo bullía de mujeres. Acudían cada tarde para ayudarle en los oficios sagrados, y no cesaban de alborotar abriendo y cerrando cajones, alisando pañitos, abrillantando cálices y hablando sin cesar con don Lorenzo.
Don Samuel, el coadjutor, penetró en la sacristía con el pretexto de tomar un libro sagrado, en su boca un siseo de rabia contenida, y en su determinación hacer callar aquel enjambre de mocitas calenturientas: <>.
Después de la misa los dos sacerdotes ocupaban sus respectivos confesionarios, que dejaban ver desde fuera al confesor. Las mujeres se arremolinaban en los bancos próximos al de Lorenzo ⎯ así le gustaba que lo llamaran, sin el don por delante⎯. Junto al de don Samuel sólo se veía alguna vieja y casualmente algún hombre.
Lorenzo era de naturaleza robusta, no muy alto, de tez morena, ojos oscuros de mirada pícara y penetrante; su cabeza inteligente se apoyaba en un poderoso cuello de recios músculos recorrido por algunas venas que cual serpientes se movían inquietas como si pretendieran escapar de aquel cilindro volcánico. De no haber profesado desde muy joven, hubiera sido uno de los partidos más cotizados de la ciudad.

Los jueves por la tarde acudía a misa una atractiva mujer, de porte distinguido y senos exuberantes. Su pelo, color castaño dorado, y sus ojos del color de las olivas del entorno, le conferían una gran belleza al rostro. Aguardaba en un banco apartado a que las demás mujeres se confesaran para acercarse al confesionario de don Lorenzo. Se arrodillaba en el lateral, con la cabeza pegada a la celosía que la separaba del cura, y su perfil dibujaba arabescos de la blonda del velo que ocultaba sus labios de morbosas miradas ajenas. Allí permanecía largo tiempo, cada jueves de cada semana. Después de cumplir la penitencia, se despojaba del velo y lo metía en su bolso. A continuación se perdía por los tortuosos callejones del barrio alto que tiene nombre de pecadora.
Cada día se repetía el mismo ritual: las mujeres disputándose el mejor lugar en la sacristía y rivalizando por ser imprescindibles para don Lorenzo. El joven párroco alentaba estos comportamientos y familiaridades gastando bromas a aquel enjambre de florecillas a su alrededor, que alegraba su ministerio y de paso alentaba su vanidad, pecadillo que él consideraba menor. Pero no opinaban así don Samuel y el joven diácono que impartía la catequesis, que no le perdonaban el éxito y la popularidad que había adquirido, no sólo en el barrio sino en toda la ciudad.
Uno de esos días, don Lorenzo terminaba de sacarse la casulla de filillos de oro por su robusto cuello cuando se encontró con la desaprobadora y agria mirada del coadjutor. El párroco se colocó la estola de penitencia y pensó que aquél aún no le había perdonado su nombramiento, siendo don Samuel mayor y más antiguo en la parroquia. Al coadjutor le reconcomía los años de dedicación que había pasado en aquella barriada donde la miseria, la desidia y los vicios del sexo se multiplicaban sin que su proselitismo hubiera servido para llevar al redil a aquellas descarriadas ovejas, y sin que nadie le reconociera su ansiado ascenso en la jerarquía. El cambio de obispo, con ideas más progresistas, había inclinado la balanza hacia Lorenzo para dirigir la parroquia.
Don Samuel fue a ocupar su confesionario, en sus labios se dibujó una muestra de disgusto al comprobar tan exigua concurrencia…, entonces vio a doña Marta, recogida en un banco, con la blonda de su velo negro aureando su cara…y algo malvado le vino al pensamiento: hoy no es jueves…¿qué confidencias tan urgentes tendrá que compartir con Lorenzo? Será que esta adúltera aprovecha los días que su marido está fuera para citarse con…, ¿por qué siempre se queda rezagada para ser la última en confesar, ¿y por qué Lorenzo se ausenta con tanta rapidez, precisamente los mismos días que ella acude?
Tomó un libro sagrado y aguardó en el interior del confesionario con las cortinillas delanteras semiplegadas. Desde su camuflaje, veía el esbelto perfil de doña Marta arrodillada ante la celosía, con el tul negro ocultando su cara; sin nada, aparentemente, que desvelara al exterior las emociones que sentía la mujer, pero que no pasaban desapercibidas para un sabueso como el coadjutor que veía cómo asomaba una pequeña mancha de sudor en las axilas de la mujer e iba agrandándose a medida que pasaba el tiempo hasta casi invadirle el pecho. El coadjutor se frotó las manos y las rodillas entumecidas, y se dijo que en el templo no hacía precisamente calor.
Esa tarde, don Samuel envió al joven diácono que siguiera con disimulo al párroco a la salida del templo, al ir de paisano no levantaría sospechas.
Lorenzo, con los faldones recogidos, ascendía con ligereza las empinadas callejuelas, deteniéndose brevemente bajo los dinteles de algunas casas para acariciar la cabeza de los niños o charlar con las madres que los despiojaban. La maledicencia seguía el rastro de sus pisadas y se encaramaba desde los postigos de las puertas, semientornadas, hasta las barandas de los balcones, donde siempre había alguna mujer regando las plantas. El recorrido por las tortuosas calles permitía esconderse en un recodo o al abrigo de una puerta; el diácono anduvo de puntillas por la Calle de los Herradores, Portillo de San Jerónimo, Callejón de la Parra… Allí vio cómo el párroco se detenía, introducía una llave en la cerradura y se perdía tras el portón. En uno de los balcones había tendida ropa interior femenina. De repente, un taconeo pausado y armonioso, le apremió a meterse en un zaguán cercano. Era doña Marta, que con los ojos en el pavimento avanzaba sorteando las puntiagudas piedras. Se paró en la misma casa donde había entrado don Lorenzo, abrió con su propia llave y accedió a su interior.
Las sospechas del diácono se hacían evidentes a los oídos de don Samuel: en esa calle sólo había casas de putas, la pareja se citaba en una de esas casas de lenocinio, donde se da rienda a la lujuria y el desenfreno. Él, don Samuel, que algunas noches salía a la calle disfrazado de paisano, cubierto con un sombrero, a luchar con la tentación al aire libre; a cansar la carne con agotadores paseos; a olfatear el morbo de la sensualidad y el vicio para probarse que nunca habría de caer en él, y regresaba a su casa ebrio de felicidad por la victoria de la virtud tras haber triunfado a la tentación… Él, principal merecedor de pastorear su grey, se veía relegado al papel de segundón, al oscuro puesto en la jerarquía eclesiástica como coadjutor bajo las órdenes de aquel curita lujurioso y pecador. En sus ojos mortecinos cruzó, después de mucho tiempo, una ráfaga de luz, y sus comisuras dibujaron una sonrisa maliciosa: ¡Ah, pero esto no iba a quedar así! ¡La curia entera sabría quién era el tal don Lorenzo! Y salió del templo haciendo cábalas, fraguando intrigas y cavando tumbas.
Lo primero que hizo fue acudir al obispo, ese tan progre que le había ninguneado, y ponerle al tanto de los hechos. La respuesta del pastor fue cauta ante la impaciencia que mostraba el acusador: lo mejor será que observemos su conducta durante un tiempo… y actuemos en consecuencia. Es una cuestión muy delicada para la reputación de la Iglesia…
Y la red de la trama seguía su curso: el joven diácono cual perro adiestrado rastreaba la estela del perfume de Marta por los tristes y fatigosos callejones del barrio alto que tiene nombre de pecadora.
Don Samuel, no hay duda, siguen viéndose en la misma casa del Callejón de la Parra…
Y el coadjutor, con las pruebas y los testigos más convincentes, intenta forzar al obispo a que actúe de inmediato para cortar aquella relación escandalosa. Y el obispo consiente en que un canónigo acompañe a don Samuel en su inquisitorial comprobación y cuelgue el sambenito sobre el varonil cuerpo del párroco.

Uno de esos jueves, cuando la luz de la tarde vestía de violeta el alminar de la torre, dos figuras con manteos sagrados ascendían por el barrio alto con las capas lamiendo las paredes ante el asombro de las mujeres que voceaban a sus niños para que se recogieran en sus casas: ¿Qué se les habrá perdío a sus señorías por aquí?, ¿ se habrá muerto alguien?

⎯¡Abran en nombre de Dios!
El portón del Callejón de la Parra, en cuyos balcones se columpiaba ropa interior femenina, se abrió a los purpurados. Una extraña mujeruca, vieja y esperpéntica, les hizo pasar. Tenía la cara pintarrajeada con redondeles rosa en los pómulos, y el carmín de los labios se le había corrido invadiendo parte de su barbilla.

Al entrar, un hedor a carne en descomposición hizo dar un paso atrás a sus ilustrísimas en su codicioso avance y les obligó a sacar los pañuelos y tapar sus delicadas narices: por todas partes se veían camas e improvisados catres con cuerpos de mujeres semidesnudos, con llagas abiertas en las ingles, en el ano, en los órganos sexuales… Algunas aparecían con los labios y las axilas hinchados, y por el aire viciado iban y venían desgarradores lamentos y ayes.

Los purpurados continuaron hacia los cuartos interiores, donde se encontraron en su misión indagatoria ante mujeres de ojos febriles, casi calvas, con las partes pudendas al descubierto… pero sin ánimo de ofender a dios ni a su santa iglesia. Y al fondo distinguieron una figura conocida, una figura con la sotana remangada hasta la cintura, que junto a una hermosa mujer se afanaba en lavar, cambiar las gasas de aquellas asquerosas pústulas que se iban comiendo la carne de tan desventuradas mujeres y reconfortar sus cuerpos con unas cucharadas de caldo. Tan absortos estaban Lorenzo y Marta, que ni siquiera se percataron de la presencia de tan regios eclesiásticos.


martes, 24 de febrero de 2009

En la orilla del mar




Aquel día junto al mar decidí liberarme de cualquier pensamiento negativo o positivo, incluso de los útiles, necesarios, e imprescindibles para la supervivencia.
Caminaba abstraida por la orilla; me sentía leve y volátil; y quise atreverme aún más: debía ejercitarme en suprimir las sensaciones; así llegaría, tal vez, a lograr ese estado de nirvana próximo a lo espiritual, anclarme en el presente sin espacio ni tiempo. Me esforcé en ignorar la grisura plateada del espejo acuoso, los alientos salobres de la tenue brisa, las puntillas nacaradas que cosquilleaban mis pies; hice oidos sordos a los graznidos de las gaviotas y a las risas de los niños de Sorolla.
Al final del recorrido…sólo mi yo enajenado y el horizonte. El sol buscaba reposo en su lecho anaranjado. Caminé imantada hacia él…
Un vigilante de playa, experto en bañistas con tendencia suicida, me devolvió a la orilla.

domingo, 1 de febrero de 2009

Los mendigos de Asís


Asís se estaba convirtiendo en una ciudad hostigada por los bárbaros: turistas de los más remotos lugares ⎯ aprovechando el bajo coste de los aviones y las vacaciones pagadas a plazos⎯, hordas de mendigos que se desparramaban por las escalinatas próximas a los edificios sagrados y vendedores de recuerdos que se afanaban en prolongar los sueños efímeros de los viajeros.
La ciudad italiana está considerada Patrimonio de la Humanidad y recibe cerca de cinco millones de peregrinos y turistas al año ⎯los pobres aún no se han censado⎯; cada verano sus calles, plazas y monumentos se ven amenazados por gentes de pantalón corto y gorra ladeada que se descuelgan de aviones, trenes, autobuses, carromatos, o cualquier medio ⎯dependiendo de su estatus social⎯, y que están amenazando la tranquilidad de la hermosa ciudad Umbría.
Los mendigos fueron los primeros en rastrear el tufo de San Francisco, el primer pobre que vivió extramuros y recorría las calles pidiendo para subsistir, fundador de una orden de frailes de túnica y capucha marrón que acabaron por abrir filiales en todo el orbe. Los nuevos mendigos ocupan ahora los numerosos templos y conventos de la ciudad dedicados al santo y a otros frailes de la curia eclesial.
El gremio de la mendicidad tiene sus propias reglas desde la Edad Media: se organizan de forma piramidal en cuanto al espacio, ocupando el graderío de acceso al templo por orden de antigüedad en la llegada, con algunas excepciones: las mujeres portadoras de un envoltorio de harapos por donde asoma una cara de niño macilento se sitúan junto a la entrada del Atrio para despertar la piedad de los que acceden al templo, y los niños alborotadores, al pie de la escalera, para atraer la atención de los turistas con cámara, mientras los más avispados les limpian los bolsillos.
Desde que el santo amante de los animales y de la pobreza se instalara en las afueras y ejerciera la mendicidad, los pedigüeños se han diversificado y cambiado sus costumbres para adaptarse a los nuevos tiempos: a la cohorte de pordioseros sin oficio ni beneficio de toda la vida, se han unido obreros en paro, empleados milieuristas, yonquis marginales, gitanos rumanos, violinistas ucranianos, contrabajistas rusos, bailarines de tango argentinos, cantantes chilenos trasnochados que cantan baladas de Víctor Jara y Violeta Parra, rancheros mexicanos con grandes sombreros descoloridos, indios del Machu-Pichu, y un sin fin de grupos tras el señuelo de su santo patrón que pidiendo limosna llegó a prosperar como es obvio y notorio.
En Asís, la población local y foránea ha vivido amalgamada con los limosneros desde antes de la implantación de los paquetes turísticos de las agencias de viaje y de las reservas por internet en lineas aereas de bajo coste ⎯pobreza y picaresca ha habido siempre⎯, si bien hay que hacer notar que los nuevos turistas con reserva vía informática dejan mucho que desear, y han perdido la elegancia en la manera de vestir y la curiosidad por la historia de aquellas piedras milenarias de los viajeros de principios de siglo pasado. Los turistas de ahora se sientan con el torso desnudo en las mismas escaleras de la Basílica de San Francisco de manera que se confunden con los mendigos. Ante esta desvergüenza, la indignación del custodio de los franciscanos no se ha hecho esperar: “algunos piensan que están en Rímini, donde un biquini es de lo más normal, pero aquí hace falta respeto”.

La cuestión se ha agravado con la apertura de fronteras y el efecto llamada, trastornando la apacible y bella ciudad de la Toscana. Nuevas invasiones de indocumentados y gentes sin ocupación conocida están acabando con la organización social heredada del pasado, los jefes de los anteriores gremios de pedigüeños se han visto desbordados ante esta torre de babel donde nadie se entiende, y la tranquilidad de los ciudadanos y la cartera de los turistas se ven amenazadas.

Primero fueron las cámaras de fotos:

⎯¿Por favor, me puede hacer una foto?… que se vea el rosetón…, ¡niños, venid aquí para que salgamos todos!
⎯ Faltaría más…
Y mientras la pareja se alisa el traje y acopla sus cuerpos para la inmortalidad, el individuo desaparece piedras abajo por los estrechos callejones con la digital del incauto turista colgando de su mano que, con la boca abierta, ve cómo se pierden los recuerdos atrapados en su interior de aquellos días tan ansiados, y se cabrea recordando las letras que aún le quedan por pagar y… ¿ qué le van a enseñar ahora a los de la tertulia del sábado?

Otra amenaza fue el cambio de bolsillo de las carteras.
Un poco más allá, un grupo de japoneses se adentra en la plaza con la vista en los juegos de volúmenes y sombras del sacro templo, y los oidos y la mente puestos al servicio de las explicaciones del guía, experto en arte, con objeto de no perderse ni un solo arco, pechina o vidriera. Entonces es el momento de la intervención de los niños que juegan en la plaza: se enredan entre los grupos para revolver en los bolsillos de los pasmados amantes de las piedras milenarias y roban sus carteras, móviles y hasta el mp3 de la oreja.
El último de los problemas, y que afecta a un sector menos materialista, fue el de la falta de respeto por los lugares sagrados.
Las meadas ultrajan las sacrosantas piedras del templo de San Francisco ⎯dijeron los de la curia y algunos defensores del patrimonio.
El hedor que desprenden los muros calentados por el sol de mediodía es insoportable y poco higiénico,⎯ dijeron los de medio ambiente.
El alboroto de estas hordas impide la paz y el necesario sosiego de los ciudadanos que buscan la meditación al amparo de los recintos de Dios, ⎯dijeron los beatos y piadosos de la Asociación hermanos del franciscano.
Dejarán de venir los turistas si no tomamos medidas,⎯ dijo el concejal de turismo y el presidente de los empresarios hoteleros.

La última sentencia caló en todos las fuerzas vivas del pueblo, fue la razón definitiva para buscar las medidas oportunas que evitaran que el eje de la economia que hacía mover la rueda del bienestar de Asís se rompiera.
Así que las autoridades civiles y religiosas, a las que se unieron mútiples asociaciones de voluntarios que engrosaban los gastos de las arcas municipales, y un representante de los vendedores ambulantes, se reunieron en un intento de aproximar posturas en lo que parecía el interés común: acabar con la delicuencia y la inseguridad en las proximidades de los recintos sagrados y monumentos, una amenaza que podía extenderse por la geografía mundial disuadiendo a los turistas para elegir este destino.
Pero pronto se comprobó que en realidad los intereses estaban divididos: a la autoridad civil y hoteleros le preocupaba que dejaran de venir los turistas, a los defensores del patrimonio artístico, las basuras y la corrosión de las meadas en las venerables piedras, amén de algunas pintadas como las de Mª Pili y Juanma, que en un grosero grafiti mancillaban una de las jambas. A la curia ⎯léase vaticano ⎯ lo que le preocupaba era la pérdida del espíritu religioso ascético que había caracterizado a la renombrada ciudad medieval.
Después de mucho debate, no siempre dialéctico, se acordó aumentar el número de policías y colocar cámaras de vigilancia en los sitios estratégicos. Pronto se vio la fugacidad de estos acuerdos cuando las cámaras aparecieron destrozadas y los policías desbordados.
Cuando las ideas parecían haberse esfumado, el alcalde lanzó la que en realidad había estado pergeñando desde el principio de los desmanes: los mendigos y pedigüeños debían alejarse de los templos y monumentos. En seguida se alzó la voz inflamada del cardenal de la curia, presidente del Pontificio Consejo de la Pastoral para los inmigrantes e itinerantes, alegando: “pedir limosna no es delito, después de todo, Francisco de Asís fue conocido por su pobreza y pedía limosna de casa en casa”.
Para contentar a todos, la máxima autoridad civil dictó un edicto en el que se prohibía pedir limosna a menos de quinientos metros de una iglesia, plaza o edificio público.
Así fue recogido a la mañana siguiente por los diarios italianos.
En la práctica no había forma de cumplir la orden: no es fácil distanciarse en Asís los metros exigidos, porque con tantos monumentos… dónde establecer la equidistancia…
Pronto la policía se vio desbordada en el intento de alejar a los desconcertados mendicantes que continuamente traspasaban los límites, y no tanto por transgredir el edicto, sino porque no sabían calcular la distancia, acostumbrados a medir solo los peldaños que le llevarían hasta el pórtico de la gloria del gremio.
Por aquellos días llegó a la bella ciudad un avispado trotamundos que realizaba negocios con los paises asiáticos, donde la mano de obra es barata y había obtenido el título de experto en habilidades sociales con grupos de marginados. Este individuo pronto comprendió que aquello era un problema de eficacia y organización. Aquellos descamisados necesitaban un líder y ése era él y por eso estaba allí. Las nuevas hordas interculturales aún no habían aprendido en tantas generaciones de oficio que, a nuevos tiempos, nuevos inventos. Se puso al habla con su socio de Hong Kong para que le enviara un conteiner de GPS. Primero se ganó a los mafiosos y les regaló los primeros cincuenta aparatos, más la promesa de un tanto por ciento adicional si conseguían convencer al resto de afectados de las ventajas del invento.
Así fue como esta medida satisfizo tanto a la curia como a las demás fuerzas vivas y hasta hubo alguna ONG que consiguió subvenciones para ayudar a su adquisición. Naturalmente había que acreditar que se pertenecía a la cohorte de pordioseros sin oficio ni beneficio de toda la vida, o ser obrero en paro, empleado mileurista, yonqui marginal, gitano rumano, violinista ucraniano, contrabajista ruso, bailarín de tango argentino, cantante chileno, ranchero mexicano, indio del Machu-Pichu, o viejos sin hogar, de esta manera ⎯ como matizó nuestro avispado trotamundos en la entrevista con el alcalde⎯, y de paso se podría realizar al fin un censo de este descontrolado sector de la sociedad.
La venta de GPS hizo rico a nuestro hombre. La noticia traspasó los muros de Asís y se hizo eco en el resto de las ciudades de la Toscana y del resto de Italia, que demandaban este aparato medidor, que calcula mejor que un murciélago donde está el muro o la estatua prohibida.
Las autoridades responsables de la ciudad de Asís han otorgado una medalla al mérito a la innovación a nuestro avispado empresario que ha logrado devolver la seguridad y la tranquilidad a la bella ciudad Umbría.